
Voy a ser franco: no creo que, porque el Papa provenga de Buenos Aires, sea mejor de otro procedente de Budapest o de Kinshasa. Una de las cosas que más me asombra de la Iglesia es la universalidad, y la he visto en acción en Sao Paulo, New York y Beirut. Pero esto de compartir nacionalidad con el Papa no me ha pasado nunca y, a mi manera, me provoca cierta emoción.
La cercanía del Arzobispo Cardenal Primado para con los pobres, su rechazo al protocolo excesivo y su gusto por un estilo de vida austero es evidente y se ha repetido hasta el hartazgo en el día de ayer en los medios: que usa la línea A de subtes, que recorre villas miseria de a pie, que celebra misas en parroquias apartadas de los barrios más recoletos de Buenos Aires, que prefiere que lo llamen «Padre» en lugar de «Monseñor»… Esta forma de actuar, sumada a una estrategia discursiva accesible, que gira en torno a tópicos que interesan, de esos que aparecen en las portadas de los diarios, lo ha hecho muy popular. El Cardenal es uno más: futbolero, le gusta cocinar, fue a una escuela técnica y es hijo de obreros inmigrantes. Su historia podría ser la de cualquiera. Y eso inspira.
Casualmente, me llamó la atención cuando, en la bendición Urbi et Orbi de ayer, mencionó con insistencia su condición de Obispo de Roma: seis referencias en unos 10 minutos. No será el Sumo Pontífice, sino, simplemente, un obispo más.
Bergoglio tiene un sentido de la oportunidad único en la Iglesia argentina, porque sabe leer muy bien los signos de los tiempos y el humor social. Esta característica, que por supuesto es una virtud, lo empuja a la política, invariablemente, para la cual presenta cualidades. Ciertamente, al Papa electo le gusta la política y en sus tiempos episcopales era habitual verlo involucrado en los debates nacionales. Los Kirchner, para evitar sus sermones, trasladaron hace tiempo los Te Deum a otras catedrales del interior, con ordinarios quizá menos «agresivos» hacia su gestión.
El poder suele percibirse como una mala palabra en algunos sectores eclesiásticos, pero en realidad el poder es necesario también para hacer cosas buenas. Pregúntenle a Benedicto XVI sino… Bergoglio en cambio, es sencillo pero no por eso tonto, y tiene experiencia en gestión al interior de la Iglesia de Argentina. En todos estos años se consolidó como líder indiscutido de la Conferencia Episcopal, que presidió entre 2007-11 y a la cual nutrió de personalidades afines a su estilo pastoral. Fue, indudablemente, el interlocutor de privilegio de la Nunciatura. Bergoglio sabe donde se ha metido. En este sentido, la Curia Romana no debe esperar una personalidad dócil, en cambio, debe prepararse para ser dirigida con decisión. Resta conocer qué obispos argentinos se trasladarán a Roma para acompañarlo, así ha sucedido a lo largo de la segunda última mitad del siglo pasado y más de uno debe cargar ya con entusiasmo. ¿Estará la Iglesia argentina a la altura de los hechos recientes? Creo que, al igual que San Pablo, tendrá que atravesar un proceso de conversión.
Se involucra en política. Conoce a los medios. Tiene capacidad de gestión. Porta un estilo cercano y común, que lo llevará a un romance rápido con los católicos de todo el mundo. Argentina y, presumo, todo el continente, entrará en un fervor que le permitirá a la Iglesia recuperar espacios de influencia y también vocaciones.
Un conocido afirmaba ayer que el verdadero problema hubiese sido para la Argentina si el Sumo Pontífice designado hubiese sido Turkson, el cardenal de Ghana. «Ahí seguro nos sacaban de vuelta la fragata Libertad». Pero no, el Papa es argentino y, como escuché ayer, se confirma la teoría de que Dios atiende en Buenos Aires.

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