Medio Oriente

Los tres grandes desafíos de Biden en Medio Oriente (nota para Perfil)

Joe Biden acaba de asumir como presidente de los Estados Unidos, y eso implicará cambios en el tablero del Medio Oriente. Por lo pronto, deberá hacer frente a tres desafíos: Irán, la dupla China-Rusia y el conflicto palestino-israelí. Podés leer la nota que escribí para Perfil haciendo clic acá, o bien verla más abajo:

Joe Biden asumirá la primera magistratura de los Estados Unidos en un contexto donde los intereses de su país en Medio Oriente se encuentran rivalizados por actores regionales y globales. La zona se caracteriza por su volatilidad, pero también por su importancia estratégica para el gobierno de Washington. Entonces, ¿cuáles son los desafíos más importantes que su gestión encontrará en Medio Oriente?

El primero será definir la relación con Irán, con quien el vínculo a lo largo de la presidencia de Donald Trump fue altamente explosivo. El presidente saliente no solo incrementó las sanciones económicas contra funcionarios y entidades gubernamentales iraníes, sino que también aplicó castigos a compañías privadas supuestamente al servicio del terrorismo internacional, la venta de armas y la generación de capacidad nuclear. La salida del Acuerdo Nuclear (JCPOA), negociado por Barack Obama y destinado a controlar la producción de Teherán, fue un golpe a la diplomacia en la región y evidenció las intenciones de Washington de aislar al gobierno iraní, implementando una política más dura.

Recientemente, en enero de 2020, la recordada ejecución del general Qassem Soleimani a través de un dron estadounidense puso a la región al borde de un conflicto a gran escala. Mientras tanto, en junio próximo, habrá elecciones presidenciales en Irán, donde está previsto el avance del sector más conservador que haga frente a un Estados Unidos más agresivo. Si Biden tiene interés en la victoria de la facción más dialoguista, que extiende su mano rogando el final de las sanciones que ahogan su economía, no tiene tiempo que perder. La salida del Acuerdo Nuclear (JCPOA), negociado por Barack Obama y destinado a controlar la producción de Teherán, fue un golpe a la diplomacia en la región .

El segundo desafío consiste en contener el avance de Rusia y China sobre la región. En Siria, Moscú exhibe una posición de influencia consolidada que se afianzó tras la retirada de tropas que Trump realizó entre 2018 y 2019. Con Israel, uno de los actores clave, Vladimir Putin construyó relaciones pragmáticas, caracterizadas por la cooperación económica, tecnológica y cultural, y también por la discusión franca sobre la situación regional, donde entre ambos surgen diferencias dada la proximidad de Rusia con Irán. También demostró su pulso en las negociaciones con Arabia Saudita por el precio del crudo, demostrando que puede construir acuerdos difíciles incluso con los principales aliados de Washington en la zona.

China, por su parte, está levantando el perfil: además ser el principal inversor global en Medio Oriente, es el principal cliente del petróleo iraquí, donde absorbe el 30% del mercado, y se encuentra involucrado en la reconstrucción siria. Mientras tanto, realiza inversiones en Arabia Saudita y los Emiratos Árabes, aprovechando el contexto de la pandemia para apostar al mercado farmacéutico y tecnológico en esos países. Aunque eligió no confrontar abiertamente con Trump, manteniéndose al margen de la disputa con Irán, se mueve rápidamente. En este escenario, Biden debe optar por generar canales de diálogo con Rusia y China para incluirlos en los grandes debates regionales en lugar de embarcarse en la disputa por sostener una posición que ha descuidado por demasiado tiempo. Biden debe optar por generar canales de diálogo con Rusia y China.

El tercer desafío de alto impacto es reinventar el rol de Estados Unidos en el conflicto palestino-israelí. En los últimos años, Trump supo construir una relación muy sólida con Netanyahu, marcada por la opción abierta de Washington de cuidar los intereses de su socio a través de gestos como el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén, el cierre de la oficina de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Washington y el respaldo a la anexión israelí del valle del Jordán, en suspenso. Estas situaciones empeoraron la seguridad regional. Obama, en cambio, había ensayado un rol de mayor distanciamiento con el primer ministro, y optó por brindar ciertos beneficios a los palestinos; sin embargo, sus gestos consiguieron resultados nulos para la paz en la región.

El presidente electo, a diferencia de sus antecesores, no necesita implementar planes resonantes para resolver el conflicto palestino-israelí, como lo hicieron Obama y Trump. Biden debe, primero, restablecer su credibilidad como mediador ante los palestinos, y luego alentar al diálogo, que solo será posible si en las elecciones en Israel y Palestina, previstas para este año, emergen nuevas figuras que renueven el aire a un proceso de paz que lleva varios años en punto muerto.

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