Explosión en Beirut Líbano Medio Oriente

Charla con Juan Elman, de “Mundo Propio”: “El libanés es un pueblo terriblemente resiliente”

Charlamos un rato con Juan Elman para su boletín “Mundo Propio” que larga Cenital cada semana. Si no conocen la página, les recomiendo que la revisen. Si les gusta la política internacional, es ineludible. Les dejo la conversación que tuve con él, a ver qué les parece. Abajo está la transcripción del boletín.

¿QUÉ PASA EN EL LÍBANO?

El martes, dos explosiones en el puerto de Beirut sacudieron al país entero. Hay al menos 137 muertos, 3.000 heridos y cientos de miles de personas que se quedaron sin hogar. El causante de la mayor de las explosiones habría sido un cargamento de 2.750 toneladas de nitrato de amonio, un componente utilizado tanto para fertilizantes como para explosivos, que estaba almacenado hace años en el puerto, sin medidas de seguridad y junto a un depósito de fuegos artificiales. De acuerdo a Al Jazeera y New York Times, el cargamento había llegado hace años en un barco ruso abandonado.

Según las autoridades del gobierno y las fuentes en el terreno, se trata de un caso de desidia estatal y no de un atentado, como se especuló al difundirse los videos que registraron la tragedia. 

El Primer Ministro ha anunciado que esta semana presentará un informe de lo ocurrido; mientras tanto ha detenido a los funcionarios de la Autoridad Portuaria de Beirut. Tanto estas autoridades como las del servicio de seguridad, una especie de Gendarmería, dicen haber notificado al gobierno sobre los riesgos del depósito en años anteriores.

Ayer llamé a Said Chaya, especialista en política libanesa, profesor de la Universidad Austral y dirigente de la colectividad libanesa en Argentina. Lo primero que me dijo Said es que su familia –que vive allá– está bien. Un pariente lejano está desaparecido y todos descuentan que está muerto; el resto se encuentra bien físicamente, aunque todavía están en shock, al igual que la comunidad local. Familiares y amigos han sufrido, eso sí, pérdidas materiales. Se estima que más de 750.000 personas viven en zonas de la ciudad que fueron dañadas. 

Me dijo que lo primero que pensó cuando se enteró de la noticia fue que se trataba de un atentado. Luego, después de informarse y hablar con algunos de sus conocidos, decidió que no había herramientas para sostener la versión. Pero su tío, que vive a las afueras de Beirut, hasta ayer pensaba que se trató de un ataque de Israel. Le dijo que había leído noticias –falsas– que mencionaban una supuesta adjudicación. “No había una visión clara de lo que había ocurrido y todavía hay mucha confusión en Beirut”, me dijo Said.

El Líbano sufre hace años dos crisis estructurales: una económica y otra política. La primera, me explicó Said, puede rastrearse desde 2017, cuando Arabia Saudita hizo un retiro de capitales del país. Francia y el FMI acudieron al rescate, pero a condición de un profundo programa de ajuste, que se manifestó con fuerza a principios de 2019. Se aplicaron impuestos a las jubilaciones, se recortó brutalmente el gasto público, se suspendieron las obras públicas y se cancelaron los subsidios a servicios como la electricidad. En octubre la bronca estalló. Para ese entonces la lira libanesa había perdido ocho veces su valor respecto al dólar. El gobierno, víctima de una ley de convertibilidad, se abocó a discutir su reforma, pero no aportó soluciones.

La crisis fue profundizada por el coronavirus. Los desafíos ante la tragedia de esta semana, que deja fuera de funcionamiento al puerto de Beirut, de donde provienen el 60% de las importaciones de un país que produce poco y nada, son mayúsculos. 

La otra crisis es anterior. Desde 2011, dice Said, al calor de la Primavera Árabe, el sistema político libanés comenzó a mostrar esquirlas de fin de ciclo. Demandas transversales empezaron a chocar contra un sistema político deslegitimado, que funciona como un mero reflejo de intereses sectarios. Hay tres actores importantes: el Presidente, cristiano; el Primer Ministro, musulmán sunnita; y el Presidente del Congreso, musulmán chiita. Esa mixtura también se repite en el poder legislativo y en el Consejo de Ministros, donde también figuran otros grupos religiosos minoritarios.“En un país con tanta diversidad, son seis o siete partidos los que mueven el amperímetro. A la hora de negociar, todos los actores piden algo para su comunidad”, me explicó. 

Pero en la última década, una nueva generación de libaneses empezó a tomar las calles. Formulan demandas transversales y se alejan de las etiquetas tradicionales. “Estas tensiones marcan los límites de un sistema que solo habla un idioma sectorial”, me apunta Said. Y agrega que la bronca con la clase política ante la tragedia de esta semana solo amenaza con aumentar, y posiblemente genere un cambio de gobierno. Es una mancha más para este sistema.

Said me dijo que el Líbano vive su peor crisis desde la guerra civil: “Es un país que está en el abismo”. Pero no es la primera vez que pasa. “Yo no sé cómo hace esta gente, pero siempre zafa. Sobrevive y vuelve con toda. Es un pueblo terriblemente resiliente”.

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